|
Los franciscanos somos seguidores de San Francisco de Asís. En los comienzos del siglo XIII un joven abandonó las riquezas paternas y las francachelas y comenzó a reparar pequeñas ermitas, cuidando de los leprosos, y viviendo en la pobreza. Era Francisco, el hijo del rico Pedro Bernardone en la ciudad de Asís en Italia. Sus paisanos creyeron que estaba loco, y más de una vez se mofaron de él. Pero para algunos de sus antiguos compañeros de diversión, fue como un aldabonazo que les hizo recapacitar y primero uno y después otro, hasta once, se le unieron en pocos meses, querían vivir como él. Acudieron a Roma, el Papa Inocencio III les permitió vivir el Evangelio a la letra. Cuando quince años después moría Francisco, eran más de cinco mil sus seguidores. Había comenzado el franciscanismo.
Las características de este movimiento no eran más las que se encuentran en el Evangelio: sencillez, humildad y amor. Sobre todo esta última manifestada en una fraternidad universal. Hermanos no solo de los hombres sino de todo lo creado. Francisco estaba convencido de lo más importante que nos enseñó Jesús: Dios es nuestro Padre. Y de este convencimiento sacó la consecuencia: todo lo creado constituye una gran fraternidad. Ocho siglos después diecisiete mil Hermanos en todo el mundo intentamos vivir como lo hizo Francisco, aunque su mensaje es tan atrayente y actual que sus seguidores en toda la familia franciscana se cuenta por encima del millón de personas.
|